lunes, 7 de diciembre de 2009



Todo un mundo de cajones debajo del mundo. En las afueras de cada ciudad otra ciudad subterránea de cajones prolijamente alineados, conmovedoramente cerrados. Pero adentro de los cajones, todos sabemos lo que pasa. En las primeras veinticuatro horas, después del rigor mortis, empieza la deshidratación. La sangre deja de transportar oxígeno, la córnea pierde transparencia, el iris y las pupilas se deforman, la piel se arruga. El segundo día se inicia la putrefacción en el intestino grueso y aparecen las primeras manchas verdosas. Los órganos interiores quedan inutilizados, los tejidos se ablandan. El tercer día la descomposición avanza, los gases hinchan el abdomen y un verde marmóreo invade todos los miembros. Del cuerpo emana el compuesto de carbono y oxígeno, el olor penetrante de un bistec que estuvo demasiado tiempo fuera de la heladera: empieza el festín de la fauna cadavérica y de los insectos necrófagos. Cada uno de estos procesos, cada intercambio de energía, involucra una pérdida irreversible, no hay modo de recuperar ninguna función vital. Sí, al tercer día Cristo hubiera sido un desecho monstruoso incapaz de erguirse, pestilente y ciego. Esta es la verdad. Pero a quién le interesa la verdad, ¿no es cierto?